7.13.2005

Odio la infancia

Cuando le castigaban cara a la pared, pensaba en cómo sería si se muriera en ese preciso instante. Seguro que todos se culparían a sí mismos: se rasgarían las vestiduras, llorarían como posesos. Abrazarían su pequeño cuerpo inerte, frío al fin. Se arrepentirían y jurarían no dejar a su próximo niño sin postre, ni cromos, ni jugar al ordenador.

Y el próximo niño llegaría, avatar del anterior, triunfante, seguro de sí mismo. Sería frío en su venganza e implacable en sus caprichos. Tendría todo lo negado a su antecesor. Por miedo a la muerte del nuevo primogénito, la tierra entera a sus pies.

Pero entonces llegamos al cole, y la cosa se tuerce. De repente, un montón de avatares de hermanos inexistentes chocando entre sí. De golpe, a nadie le importa ya si el niño elige diñarla mientras está cara a la pared.

Primera lección aprendida.

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