9.04.2005

El mito

Un día, una mosca se coló en el metro de Londres. Como todos sabéis, la vida de una mosca es harto breve. En el día de que disponía para cumplir sus objetivos vitales, la mosca no hizo sino darse golpes contra los neones del techo, y posarse en la nariz del conductor. También tuvo unas cuantas hijitas mosca, a las que no llegó a ver crecer. Esta venerable mosca murió en el nuevo mundo a las tres horas de entrar en él.

La prole de esta mosca primigenia, que oyó de su cavidad bucal que existía un mundo exterior, vivió durante generaciones en la esperanza de que algún tren las llevara allá. Para estas moscas no había día ni noche: dejaron de creer en los tubos fluorescentes y las bombillas, y en cambio pasaban sus vidas asomadas a las ventanillas del Vagón. Al cabo de muchos días, las moscas del Metro cambiaron, descreídas y ajenas al mundo de la luz. Comían trozos de gominolas y bebían de refrescos abandonados. Olvidaron la caca de perro y el agua clara de los charcos. Engordaron y se acomodaron, sin la necesidad de huir de sapos y arañas. Apareció la obesidad entre ellas, y diezmó su población con ataques al corazón y colesteroles altos.

Sólo unas pocas seguían soñando con el Éxodo mosquil, y andaban de un vagón a otro, raza intrépida de moscas sin hogar. Cuando al fin un pequeño grupo de ellas alcanzó la superficie, cientos de generaciones después de la entrada de la Mosca primigenia en el submundo, un revisor aburrido las mató con un spray.

1 comentario:

Pistacho cojonero dijo...

Estupendo relato.
Habría que representarlo con acctores haciendo de moscas.