9.16.2005

Miedo y asco en la ciudad de las naranjas II

El día que la tía de Luis murió, él estaba jugando al ordenador. Su madre entró en el cuarto y se lo anunció sin aspavientos: todos estaban esperándoselo desde que la internaron en el hospital, dos meses antes. A Luis le quedaban tres vidas, pero le habían matado ya una mientras hablaba con su madre. Aprovechó las dos restantes para cargarse al malo gordo y llegar a la fase 4. Luego cambió de juego.

En el mortuorio del hospital olía igual que en el resto del edificio. Un olor indefinido, como el que uno nota cuando está constipado, a fiebre y desinfectante. Sus padres le dijeron que era mejor que no la viera así. Luis supuso que daba igual, porque ya la había visto mientras agonizaba: apenas una bolsita de piel frágil y triste, incapaz de hablar, los ojos ciegos clavados en la nada. Supuso que no sería peor verla muerta que muriendo, y entró.

Solo en el cubículo, Luis se aupó al borde del féretro, y miró a su tía. No era ella. Le habían hecho algo, la habían cambiado, no olía a ella, el gesto no era suyo. Habían maquillado su muerte como no maquillaron su agonía. No era tan terrible.

Metieron a su tía en un nicho, a tres alturas del suelo. En la piedra que lo tapaba, una foto vieja de ella. Estaba joven, como él nunca la había visto. Tampoco era ella.

Meses después, Luis creyó verla andando por la calle. Creyó verla varias veces, haciendo la compra, doblada por el peso de mil bolsas, subida en el autobús. Pero su casa olía a cerrado, y nunca volvieron a comer allí. Ni un solo sábado. Los domingos tampoco.

Al final, Luis se dio cuenta de lo que había pasado. Y se lamentó de no haberse despedido de ella. Pero ¿se habría enterado ella, desde el ataúd, de que lamentaba que hubiera muerto?¿De que ojalá pudiera haber hablado con ella antes?¿De que le hubiera gustado cantar en su cama del hospital pero le dio vergüenza y no sabía qué cantar? Probablemente no. Y eso quería decir la muerte.

1 comentario:

Pistacho Veloz dijo...

Nada que añadir.