9.30.2005

Odio la especulación inmobiliaria

Cuando los marcianos aterrizaron en medio de la ciudad a ritmo de PT-1, todo el mundo les preguntó qué consola anunciaban. ¡Pobrecitos, heridos en su orgullo y sin pistola positrónica!

Comparado con los bosques alquitranosos de su hogar, con sus árboles cuadrados, el sitio no estaba mal. El aire era puro y fresco. Los lugareños eran amables, y les habían traído presentes y fuegos artificiales. Tras una opípara cena de plomo y neutrones, los recién llegados volvieron a la nave a dormir un rato. Al día siguiente les esperaba mucho ajetreo. Y no habían venido en un viaje de placer.

Cuando empezaron a comprar terrenos en el centro de la ciudad, asombrados de que el cambio entre sus zorks de platino y los euros fuera tan bueno, las inmobiliarias no cabían en sí de asombro: ¡pagaban al contado, y no necesariamente en negro! Los marcianos pronto se vieron inundados de ofertas, y no rechazaron ninguna. Al poco, ya tenían casi todo el territorio virgen donde aterrizaron a su disposición. Llamaron a su empresa, satisfechos de lo que habían conseguido.

Al poco, la ciudad entera estaba llena de gente con tentáculos diciendo “ooh”, “aah” y “zoinks”, tallando sus nombres en los rascacielos y echándose a dormir en los parkings. Aquello era el paraíso marcianal, una nueva tierra virgen.

Los primeros en quitar los árboles cuadrados de sus terrenos fueron mirados con envidia por sus familiares. Construyeron bonitos robles y bananos, con las últimas comodidades y vistas a los bosques cuadrados. Cada vez se veían menos lugareños.

Y pasó lo que tenía que pasar: al cabo de unos añitos, todos los bosques hormigoneros habían desaparecido: sólo se veían complejos de sequoias y arces. Las cuatro campañas de conservación de la vida local fracasaron estrepitosamente, y las reservas naturales se ahogaban rodeadas de polen de pino. Daba pena. Los ecologistas se manifestaban a diarios.

Cuando los bípedos locales se extinguieron oficialmente, y ya todo el planeta era terriblemente verde, ya nadie quería venir a la Tierra. Sólo los viejos pensionistas venían a estas aglomeraciones de árboles a pasar sus últimos años. Construían carísimos campos de flog, con enormes extensiones de cemento artificial.

Pero la Tierra ya no era un lugar agradable. Verde y explotado al máximo, daba mucha pena ver lo que había cambiado en unos pocos años. Las propiedades bajaron tanto de precio, que la escasa colonia marciana que quedaba allí decidieron que era preferible dejar sus propiedades a malvenderlas.

Y se fueron todos de aquél lugar inhóspito y verde.

1 comentario:

moonriver dijo...

Muy bueno. Me recuerda a algo que escribí hace mil siglos, cuando estaba en el cole,aunque el tuyo le da cien mil vueltas. Voy a ver si lo rescato y lo cuelgo en mi blog.