11.30.2005

Odio a Darío Adanti

Y no sólo porque este rey del copy-pasteo sea un dibujante que no dibuja, un humorista que no hace gracia, un racista, un machista, sino también porque me ha plagiado en una revista de tirada nacional con su risible (que no graciosa) tira llamada "odiómetro".

Así que Darío, macho, aunque esto no tenga copyright, tienes que poner de dónde copias, y no puedes usarlo para fines comerciales. Y si se le ha ocurrido a él solito, sin copiarme, entonces sí que estoy preocupado...

11.29.2005

Odio a los músicos

Hay gente que está dispuesta a joderte cualquier canción que te mole diciendo: "mira, mira, ahora es cuando viene el cambio a do mixolidio armonizado en quintas" o "es que hace una melodía menor ahí, que aunque no toque, pues mola"

Como en todas las cosas, siempre hay alguien dispuesto a analizar- destripar lo que a los demás sólo nos gusta. Están los Garci-plastas, que te cuentan la peli antes de que la veas, y encima lo ilustran con fragmentos de la misma. Están los bellos artistas, que te dirán que la intención de Warhol era hacer algo tan feo que nadie se lo comprara. Y está la extraña raza de los músicos, que te joden una canción en menos de nada contándote cuándo vienen los solos, y en qué clave están.

También ponen cara rara cuando no conoces a algún guitarrista italo-americano que toca muy bien y que nadie puede soportar (el truco es pedirles que te tarareen un tema suyo: como son incantables, los cortocircuitas), o cuando reconoces que te aburrió el último disco de algún grupo filipino de habanera- metal.

El músico quinceañero es especialmente difícil de soportar (lo sé porque fui uno). Sin venir a cuento, empieza a enseñarle a todo el mundo que ya sabe tocar los primeros 10 compases del "Romance anónimo", o en su defecto "Stairway to heaven". No importa que seas su pareja, sus colegas, su perro, su abuela o el butanero. Una vez, trabajando en el 1004, un tipo me llamó con un móvil para ponerse a tocar "Stairway to heaven". Estuvo intentando los trozos difíciles hasta que le salieron, y yo lo aguanté porque todo el rato que tocaba no tenía que aguantar a señores enfadados porque su teléfono no funcionaba. Luego colgó. El músico quinceañero es , por definición, exhibicionista. Y lo que es peor, un freak que ha encontrado un vehículo para su freakismo que aún le permite ser molón. Así que tenemos a un adolescente freak, molón y exhibicionista. Bonita mezcla. Y juntar varios en un garage es una experiencia cósmica para padres y vecinos cualquier sábado por la mañana.

Otro concepto genial son las jam sessions, donde los músicos se juntan con otros músicos a escuchar a otros músicos y rajarlos, para más tarde ser rajados cuando suban a tocar. Todo ello ante el estupor de sus colegas, que no volverán a acompañarlos a semejante coñazo. Nadie toca al mismo tiempo, y todos intentan demostrar su genialidad con solos que nadie querría escuchar. Vamos, que siempre hacen cosas que son divertidas de tocar, pero no de escuchar. Algo así como tirarse pedos en público.

En la cúspide del musiquismo está el virtuoso, que mira por encima del hombro a cualquiera que no sepa tocar escalas con la oreja mientras se toma un café. A mí me recuerdan a los skaters flipaos que miran por encima del hombro a los chavalines de 12 años romperse la crisma con devoción.

Y digo yo ¿no se supone que esto de la música era para pasárselo bien, y sobre todo para escucharla? ¿Por qué desmenuzarla? ¿Hace falta que los demás tengan cátedra en musicología para que los tratemos como personas?

Y dicho todo esto, me voy a practicar mi tapping con acordes, que lo tengo un poco oxidado. Y aprovecho para anunciar nuevas versiones de la serie "Litos versionea a los clásicos" Y a lo mejor, hasta un par de cancioncitas propias. Venga, que esto me podéis decir que lo habéis oído sin necesidad de que lo compruebe...

Lo dicho, unos plastas y unos exhibicionistas, eso es lo que son todos.

11.18.2005

Miedo y asco en la ciudad de las naranjas III

Como le habían enseñado en el colegio, Luis rezaba cada noche antes de acostarse. Uno de los curas le dijo que lo que de verdad valía no era recitar oraciones sin ton ni son, sino dialogar con Él, contarle lo que uno había hecho ese día, lo que quería hacer al día siguiente, cosas así.

Con seis años, Luis tuvo como amigo invisible a Dios. Le contaba con quién había jugado, quién le había dicho algo sobre los reyes magos, qué había tenido para comer ese día en el colegio. Le explicaba lo que quería para su cumpleaños. Se arrepentía de haberse enfadado con alguien en el patio. Pasaba media hora mirando al techo, pensando sólo en lo que quería decirle a su silencioso interlocutor, ya que no hacía falta despertar a sus padres, y de todos modos Él le oía.

En el colegio, con siete años, Luis entró en la capilla a buscar al Padre Eugenio, y vió algo que no debía haber visto. También vio a Rubén, el nuevo. Los dos le miraron confusos por un instante antes de que Luis huyera.

Rubén no volvió a hablarle. El Padre Eugenio le reñía en público, y comentó a sus padres que Luisito era muy fantasioso, y que a menudo contaba historias ridículas en clase. Ellos no sabían nada de lo que Luis había visto. Sólo se lo contó a una persona.

De noche, Luis miraba al techo oscuro de su cuarto, repitiéndole lo que había visto días, semanas antes. Le preguntaba sobre qué pensaba hacer. Sobre qué le pasaría a Rubén. No obtenía respuesta.

Un viernes por la noche, después de ver una película, Luis se disculpó ante su amigo por no hablarle, y se durmió en seguida. Se levantó sobresaltado en mitad de la noche, y le pidió perdón a su amigo de nuevo por no haberle contado lo que había hecho ese día. Se lo contó con pelos y señales, y volvió a preguntarle. A hablarle de Rubén y del Padre Eugenio. El techo calló largo rato. Entonces, Luis se durmió.

El Padre Eugenio seguía metiéndose con él en clase. Rubén seguía sin hablarle, y un día lo vieron llorando solo en el campo de futbito vacío de los mayores. El techo seguía callado.

En clase de piano, un chico mayor no dejaba de meterse con él, y le pegaba a la salida del colegio. Cuando sus padres se enteraron, le dijeron que tenía su permiso para decirle un taco al mayor, para que le dejara en paz. Le dijeron que podía mandarlo a la mierda. Luis se sintió dotado de un gran poder.

Al día siguiente, Luis dijo su primer taco. Nada cambió. Por la noche, antes de dormirse, mirando al techo, lo repitió, esta vez en voz muy bajita: vete a la mierda. Nada cambió.

11.17.2005

Odio a Enya

Acabo de enterarme de que el último disco de Enya lo canta en japonés y en un idioma que se ha inventado ella... ¿Demasiado éxtasis herbal?

Me imagino a Enya tomando té de cardamomo con Mike Oldfield (otro pesado de la vida...) y contándole la última: "Pues sí, Mike, ahora me he inventado un lenguaje nuevo que expresa a la Madre Naturaleza en todo su esplendor y belleza. Además, he traducido unas cuantas letras al japonés con el traductor de Google, para darle un enfoque más universal" Y a Mike: "Oh, qué interesante, tía, creo que mi próximo disco será en arameo. Total , como lo tiene que cantar mi hermana, a mí me da igual..."

Y luego imagino a un fan japonés de Enya, en la herboristería con sus colegas: "Tíos, que Enya nos ha traicionado: ahora canta al apocalipsis y la muerte. Estoy desolado." Y ale, todos los vegetarianos herboristófilos convencidos de Japón cometiendo suicidio en masa...

Lo que más me gusta de Enya es que nadie se compra sus discos para escucharlos, sino para hallar la paz, para leer, para estudiar... vamos, que es la música de ascensor elevada a arte universal.

¿Cómo decide uno hacerse músico new age?¿Encuentran placer en aburrirnos?¿Alguien puede decirme cómo es un concierto de new age?¿En qué piensan cuando están tocando?¿En qué piensan, en general?

11.16.2005

Odio a los profundos

Siempre hay uno en cada grupo de amigos. Un personaje que se pone a hablar del último libro de poesía que ha leido cuando quedáis para haceros unas cervezas por ahí. El que se sienta en una esquina con la cabeza agachada mientras todos bailan. Son primos de los psicólogos del cafelito, y algunos son flequis. Todos son listos del parchís.

"La vida carece de sentido, como demostraron los existencialistas franceses. ¿Me has oído, nena? Y a menudo pienso en el suicidio, porque es la única opción que nos queda en esta sociedad corrupta que nos quita la libertad y los sentimientos. ¿Tu casa o la mía?" Porque la actividad profundista siempre se ve intensificada en presencia de miembros del sexo contrario. Mmm, cierto, la sociedad está podrida.

Hay dos vertientes del profundismo. Una es la rama "cool" del movimiento, que viste a la moda, y suele adscribirse a algún rollito urbano del modelo torturado- siniestrines, flequis, grungeros en su día...- Puede que la vida no tenga sentido, pero como dijo Baudelaire, la moda mola.

La otra es todavía más difícil de soportar, porque van con su ropa heredada de algún padre o hermano mayor, con zapatones de esos horribles que hasta los gatos llevaban a mediados de los 90 y sueters de punto con dibujos de renos. Estos van de que están por encima del bien y del mal, y por supuesto, de tí y tu humilde vestimenta de Inditex. Y no pierden comba para atraparte en sus redes dialéctico- materialistas con coñazos sobre la vida y el amor mientras sales con los colegas, siempre a altas horas de la madrugada. Genial. Son la fiesta.

Y oigan, no se me ofendan los que lean de entre ustedes, que yo también me rasco la barbilla de vez en cuando. Que todo tiene su sitio y ocasión, pero esta gente nunca es capaz de verlo. Y claro, la única ocasión que tienen de airear su profundidad para que no le salgan manchas de humedad es en reuniones sociales, cuando la mayoría de gente sólo pretende pasar el rato.

Vamos, que sí, que me gusta Shrek, y que también he leido a Camus, y que cada cosa en el sitio que le toca. Digo, vamos. Que con tener a los Garci- plastas una vez a la semana todos vamos serviditos de pedantería y falsa profundidad.

Una cuestión que me inquieta: ¿qué hacen dos profundos cuando se reúnen?¿Tiran piedrecitas en la profundidad del otro para comprobar cuánto tardan en oírla golpear el fondo?¿Comparan profundidades como adolescentes en celo? Supongo que sólo se dedican miradas desdeñosas, y nunca se saludan.

11.04.2005

Odio las Raves

Siempre me he quedado con ganas de hacer un experimento sociológico de lo más interesante: ir a una rave con una cámara de fotos y una grabadora, y entrevistar a la gente. Seguro que me daban el Pullitzer.

Cabe distinguir entre irse de Rave y meterse en un club tipo Le club. Primero y principal, la rave es gratis. Pero siempre es en algún sitio perdido de la mano de dios, al que has de llegar medio ciego a las tantas de la mañana. Segunda diferencia: en un club tienes lavabos. En una rave, lo más posible es que estés en medio de algo que lo parezca (yo he ido a un par en un vertedero).

Y ahora, vamos a las semejanzas. Para empezar, a los dos se va uno a ponerse hasta el culo. Pruebe usted a estar sobrio, pero con muchas ganas de fiesta, en medio de una rave. Primera hora: "hombre, la música no está mal". Segunda hora:"joder, qué entusiasmo tienen todos.¿Qué hora es?". Tercera hora:"¿por qué cojones ahora todos me quieren?". Y a la cuarta hora, te das cuenta de que la base de la música no ha cambiado. Algunos ruiditos por encima sí, pero el pun-chin pun-chin no. Y te obsesionas. Y no puedes bailarlo más. Y la gente te da miedo.

Un amigo, cuyo nombre no desvelaré, me citó a cierto sabio que dijo: "¿Cómo que no tienes ganas? Las ganas se compran" Y claro, con apoyo químico me puedo engorilar hasta en un concierto de Mogwai. El problema es que el delicado ecosistema odiolítico no permite interferencias de otros agentes alteradores de la percepción, así que cualquier cosa que tome me sienta invariablemente mal. Es triste pero cierto.

Volvamos al tema. La gente. Los hay que se ponen muy burros, y dan unos saltos que te cagas, y no paran de moverse en la pista. Estoy seguro de que antes de entrar en el baño por primera vez en la noche, hacen estiramientos. Estos son los campeones. Luego están los cariñosos. De repente, eres su mejor amigo, te quieren, y sus inhibiciones sexuales han desaparecido. A veces pueden ser pesados, y a veces te dan cague, pero en general son majetes. Unos cuantos se quedan al borde de la pista posando con sus mejores galas, molando con su mejor cara de asco. A mí directamente me caen de un ático. Son unos modernos de mierda (de los de la canción de Putilátex: en cuanto pueda la cuelgo)y unos cortabolas. Luego siempre hay algún tipo que ha tomado algo en mal estado y anda contando sus visiones tipo San Miguel en la montaña, y hablan sobre la muerte y cómo todos estamos encerrados en nuestros cuerpos. Una vez tuve a un tipo así talandrándonos sobre lo cañero que sería matarse. Y me faltó un poquito así para echarle una mano (¿eh, Andrés?¿eh, Nic?) Son unos plastas.

La vuelta a casa suele ser monumental. Yo creo que la policía no detiene a nadie a las 8 de la mañana un domingo más por pena que por ineptitud. Algunos se quedarán mirando el techo con los dientes apretados (un colega me contó una vez cómo vio la lámpara de su cuarto se convertía en una teta gigante. ¡Diver!) Otros se tomarán un café con leche y un croissant para reponer fuerzas. Los más avezados desayunan mandarinas (ya contaré por qué) Otros se arrastran hasta la cama. Los más machotes se pondrán Rinocerose (no sé cómo se escribe) a toda viroya y se meterán en un after ahsta la hora de comer en casa de la abuela, y hablarán mucho en la reunión familiar de turno.

Y bueno, debo hacer una salvedad al "síndrome de cuarta hora": si me meten en un sitio donde pongan drum 'n' bass, tedrán que llevarme a rastras a la hora de cerrar.