5.25.2006

Oda al freak

Acabo de enterarme por Microsiervos que hoy, aniversario del estreno de Star Wars (la de verdad, la de Luke, “La guerra de las galaxias”), que hoy es el día del orgullo freak. Y que hay una especie de meme en el que muestras y describes el trasto (o acumulación de trastos) más netamente freak que tengas por casa.

Y es muy difícil elegir, porque en el fondo con estas cosas uno siempre quiere quedar molón y tal…

Bueno, lo más marciano que tengo es una colección de cuatro tomos de los comics originales de las tortugas ninja en blanco y negro. Las tortugas ninja, lo crean o no, empezó como un cómic underground, y… ¿A quién pretendo engañar? ¡Si vienen visitas, siempre los escondo! Mi única excusa es que los compré con 13 años. Esa excusa se cae cuando confieso que el otro día leí un poquito. Sólo un poquito, no enteros… De verdad.

Luego estaría mi pila (debe llegarme a la cintura) de revistas de guitarras y bajos en bolas… Si mañana hubiera una hecatombe nuclear y fuera el único superviviente, tendría para leer en el water el resto de mi vida. También podría usar los artículos sobre la Fender Trastocaster y las entrevistas a Nuno Bettencourt para limpiarme el culo… Así que su permanencia en casa está plenamente justificada.

No hablaremos de mi colección de miniaturas de rol, del “Dungeon Master’s guide” como el de la canción de Weezer – ¡otros freaks de tomo y lomo!- o de la copa a la mejor redacción que me dieron cuando tenía 7 años… No, no hablaré de ellos.

Los memes son así, y ahora debería pasar la pelota a todos los freaks que conozco, y obligarlos a salir del armario… Pero no lo haré. Vosotros sabéis los que sois, y sabéis que yo lo sé también. Así que ojito con reírse.

5.11.2006

Odio los médicos

La señora Julita fue al médico. Le dolía la espalda. En el consultorio se encontró con Doña Trini, la del segundo, y el Señor Paco, viudo desde el año pasado. Hablaban bajito de la gente que se iba muriendo y de lo buenos que eran todos una vez muertos.

Habían quedado para ir a un entierro a las 12, pero la señora Julita no podía ir porque hoy la visitaban sus hijos. ¡Qué suerte tenía la señora Julita, que sus hijos eran formales, no como los descastaos del Señor Paco, que ni llamaban! Le regalaron un móvil de esos el año pasado, y él siempre se lo dejaba en casa. ¿Para qué, si no le llamaba nadie? Y luego los muy bandidos se quejaban de que nunca lo cogía...

Doña Trini venía a por las recetas de su marido, y el señor Paco venía a que le tomaran la tensión. Don Segundo solía acompañarlo, pero no había venido porque estaba en cama.

Cuando la señora Julita entró en la consulta, el doctor Contreras, que era un joven muy atento, le miró la espalda y le escuchó el corazón con el estetoscopio. La miró un rato con el ceño fruncido, y se sentó detrás de una mesa muy grande de aglomerado. La señora Julita tenía una necrosis de los riñones, y había que operar, pero no era fácil porque la señora Julita estaba ya muy mayor, y podía no tolerar la anestesia.

Dos meses. La señora Julita se fue llorando a casa a hacer el arroz al horno para sus hijos, y se le olvidó ponerle la carne y las patatas, así que los niños se encontraron con un plato de arroz y garbanzos tiesos como piedras. Se pasó la comida dando golpecitos en la mesa. Sus hijos la miraban raro. Fina se quedó después de que sus hermanos se marcharan para hablar con ella, y la señora Julita se lo contó.

¿Sin placas?¿Sin biopsia?¿Sin análisis de sangre o de orina? Eso era muy raro... Mañana iría con ella al consultorio a hablar con el Contreras ese.

La señora Julita durmió mal esa noche, y al día siguiente ponía muy mala cara. Saludó al señor Paco y a doña Trini con monosílabos, y a don Segundo, que ya estaba bueno. Cuando entraron en la consulta, el doctor Contreras no estaba. Lo habían cogido de residente en un hospital de pago en Galicia, y ahora estaba el doctor Gomis.

La señora Julita tenía una lumbalgia gorda, fruto de las alpargatas destrozadas que se empeñaba en usar desde hace diez años. Vivió hasta los cien, y se murió un día porque tropezó en un bordillo y se dio en la nuca.

Armando Contreras aprendió a jugar al golf en los verdes campos del norte. Conoció a una linda lugareña, y tuvo muchos Contreritas.

Todos felices