8.28.2006

Últimos deseos

El abuelo había sido militar. En sus últimos meses, andaba en calzoncillos y camiseta interior por casa, y a veces también por la calle. Bromeaba con los vecinos más jovenes. Olvidadas sus ideas y opiniones, sólo quedaba el niño que había sido setenta años antes. Parecía feliz. Le contaba a su nieto veinteañero que su brocha de afeitar era de marta cibelina, y cuánto le había costado en la perfumería Prieto, de la calle principal del centro. Y le explicaba cómo debía afeitarse. Si tardaba menos de una hora, lo estaba haciendo mal.

El abuelo había logrado tardar hora y media en afeitarse cada mañana. Y tardaba una hora entera en desayunar. Estudiaba los curruscos de pan de la noche anterior, y los colocaba con mimo en la tostadora. Las tostadoras de resistencia eran mejores, porque si uno colocaba bien el pan, se tostaba todo por igual y se le hacían rayitas. Si una tostada le salía mal, la tiraba a la basura y volvía a empezar. Y vigilaba la cafetera hasta que el café salía perfecto. La goma del aparato estaba cedida, y siempre decía que había que comprar una nueva, que eso ahorraría mucho trabajo. Un día salió a comprarla y se perdió. Desde entonces, el abuelo ya no se quejaba de la cafetera, pero la vigilaba de cerca. Hablaba con ella, la fregaba con mimo y ajustaba la goma hasta que estuviera perfectamente encajada.

En su lecho de muerte, el abuelo llamó a la familia a gritos. Los hizo formar alrededor de su cama, y repartió cargos. Su hijo debía asumir la responsabilidad del Servicio Secreto. El nieto mayor sería Ministro de Interior, y el pequeño sería portavoz de la Policía secreta. La nuera nunca debía confesar que trabajaba para el estado. Si la apresaban, debía morder una pastilla de cianuro y morir por la patria. Ella se encargaría de desenmascarar a los radicales, y emplearía los métodos necesarios para que hablaran. Durante media hora describió tales métodos en detalle, mientras la familia al completo se retorcía.

Al rato miró alrededor, confuso, y gritó "¡Traidores! ¡Me habéis engañado, pero nunca me tendréis vivo!" Sacó algo de la manga de su pijama y lo mordió.

Al entierro acudió poca gente: la familia cercana, un par de vecinos y un tipo de traje negro que no dijo palabra en toda la ceremonia.

8 comentarios:

Albert dijo...

Entonces, el abuelo tenia alzheimer? Que no, que no... ;) Me haces pensar en Agustin Cerezales ("Perros verdes") y en Manuel Rivas ("Que me quieres amor?"). Genial.

vireta dijo...

q triste!!! a mi es q cualquier cosa relacionada con abuelos.. me hace llorar... no vlago para este tema!!

odiolitos dijo...

Jo, me halagáis demasiado...Luego voy por ahí diciendo que soy un autor reconocido, y me miran raro... Y bueno, la idea no era que nadie llorara. Pero supongo que a la que te acercas a los treinta te das cuenta de cómo va a ir la cosa, y te preocupas. Además, vivo en una escalera llena de abuelos, cuyos rollos son fuente inagotable de material bloguero.

laura dijo...

Me ha gustado como escribes. E, irremediablemente, me has hecho pensar en mi iaia -de la que en realidad nunca me olvido- y en sus últimos años -muchos, demasiados- de vida con alzheimer. Espero que la tuya no sea una historia pseudo real-personal, porque es una enfermedad que es una putada muy grande para todos los que la viven. Son como niños; es cierto. Bonito texto.

isinhasinluz dijo...

y si la mente nos traiciona a nosotros...y la creeemos...y le hacemos caso....y vivimos en el otro lado...viendo todo desde fuera..consicientes de nuestra incosciencia...me da mucha pena...por ellos...por todo lo que se va deshidratando.

Nila dijo...

Me ha encantado este post.

Como a otros también a mi me recuerda a mi abuelo y me pone triste al recordar sus últimos años.

Los abuelos.... adoro sus historias (reales o inventadas).

Sus dijo...

Cada vez estoy más convencida de que es cierto que el círculo es la forma perfecta. Parece que cuando se llega al final de algo o alguien todo vuelve a su estado inicial.

Y el envejecer es un buen ejemplo. Te encaminas hacia el final de tu vida y cada vez te pareces más a cuando eras pequeño.

Precioso relato, para no variar.

Saludos!

Anónimo dijo...

muy lindo señor odiolitos. tiene usted un toque muy especial

elsenyor9