10.26.2006

Oda al obispo de Boston

Llamaron a la puerta de John McCormack a eso de las 8 de la mañana. Corrió a abrir envuelto en una bata de seda natural que uno de los sacerdotes a su cargo le había regalado. En el porche, una cola de hombres y mujeres de todas las edades le esperaba. Algunos llevaban rastrillos, otros porras hechas con calcetines rellenos de perdigones. La mayoría de ellos sencillamente crujían los nudillos impacientes.

Habían venido a darle la paliza de su vida, uno a uno, por turnos. Todos los feligreses de Rochester, Hingham, Braintree, Newton y una decena de condados más en el estado de Boston. Todos los que habían visto cómo los curas acusados iban y venían de una parroquia a otra, acumulando causas pendientes y bulas papales. Todos los monaguillos creciditos.

De aquella no le libraba ni dios.

4 comentarios:

Ike Janacek dijo...

¡:D Estupendo microcuento!
Aunque de cuento tiene bien poco de tan real que es...

So Young dijo...

Después de visitar aproximadamente 599 millones de páginas y blogs, acabo de descubrir Odiolitos. Me he quedado enganchado recuperando viejas y nuevas entradas del mismo. ¿Cómo es posible que odie tantas cosas y no me haya dado cuenta hasta ahora? El mundo está repleto de cosas odiolíticas, no digamos en el mundo de la música, cine o literatura (por cierto, gustos los de tu perfil con los que coincido de manera alarmante). Muy buenos los relatos también. Aúpa.

http://unaparasoyuz.blogspot.com

memareamirar dijo...

Desde luego… ¡Cómo es la gente de incomprensiva! ¡Y cuánto gusta de organizar linchamientos!
Al fin y al cabo, el señor obispo sólo cumplía uno de los preceptos de Jesusito:
"Dejad que los niños se acerquen a mí".

Saludos!

;b

Helena dijo...

No puedo comentar...No puedo tragar...Ni siquiera puedo respirar con normalidad cuando pienso en esas salvajadas. Hay veces que pienso que no hay crimen peor que quitarles a los niños su inocencia, dejarles despojados para siempre de su infancia. Ni siquiera odio. Me paralizo.