12.22.2006

Odio los cuentos de Navidad

Amalio García es un tipo apocado que trabaja en un banco. Esta mañana, como todas las demás, ha ido a almorzar con sus compañeros. Como siempre, se ha sentido excluido y violento. A pesar de los intentos de ellos por incluirle en la conversación, no ve la tele y no le gusta el fútbol. Como es 22 de diciembre, alguien ha pagado una ronda de carajillos de Terry al final de la comida. Amalio se ha tragado el suyo sin rechistar. Y hay que decir que a partir de ese momento, ha andado más suelto por la sucursal. Hasta saluda a Sonia, la becaria.

Amalio es también un tipo sensible, que lee novelas de amor y poemas de Rubén Darío. Se siente un poco solo desde que sus padres fallecieron hace un par de años, pero tiene un perro. Le ha comprado una salchicha de buey para Navidad.

Hace como media hora, una señora bastante mayor ha entrado en el banco. Le habían cortado la luz por impago, y la pensión no le llega hasta final de mes. Estaba muy preocupada, y no entendía ninguna de las opciones que Amalio le daba. Se retorcía en la silla, miraba a todos lados. Decía que quería un crédito de cien euros, para pagar la luz y la cena que iba a hacer para sus hijos pasado mañana. Y Amalio estaba medio borracho.

Total, que al final ha sacado ciento cincuenta euros de su propia cuenta y los ha pasado a la de la viejita. Ella estaba muy contenta, y no dejaba de darle besos y abrazos. Le ha invitado a cenar con su familia el domingo, y se puede llevar también a Rudy.

Lo que no sabe Amalio es que la operativa prohíbe terminantemente este tipo de cosas. Ya ves. Claro, si no todos vendrían al banco a pedir limosna. Y no es plan. Total, que la otra cosa que Amalio no sabe es que el 26 le espera un expediente disciplinario, y a lo peor el despido.

-Ya ves. ¿Y qué vas a hacer en Nochevieja?

12.19.2006

Yo siempre había odiado a Amaral, pero...

Ya saben ustedes: letras moñosas, ese rollo de que no saben si quieren ser indies o qué, tenerlos hasta en la sopa...

Pero resulta que tienen cabeza, y piensan, y dicen cosas con sentido común. Como esto es bastante raro en la industria musical de por aquí, pues al menos diré que me caen bien. Que nadie me regale un disco suyo por navidad, pero me caen bien.

12.11.2006

Odio a Los Planetas

He visto más conciertos de los Planetas que de la mayoría de grupos que me gustan. Y todavía he de ver un concierto bueno, por diversas razones:
A) Jota va tan ciego que se olvida hasta las letras, y canta como una rata.
B) Floren va tan ciego que sólo sabe darle a los pedales sin ton ni son.
C) Los mercenarios que llevan al bajo y batería están hasta las narices de que estén ciegos, y tocan de cualquier manera.
D) El público enfervorecido canta más fuerte que Jota, y se engorila sólo con verlos (y créanme, una horda de gafapastas mainstream engorilada da miedo...)
E) Todas las anteriores.

Jota y Floren empezaron bien, con una sección rítmica discretita a la que tiraron para contratar a dos muchachotes (ingleses, creo) que tocaban muy bien y no daban la espalda al público (la bajista que tenían antes se hizo famosa por tocar siempre cara al ampli, algo que no iba bien con el rollito indie-star que empezaron a practicar) Y hacían letras sobre la desgana y la perrería sentimental, algo que casaba muy bien con las pocas ganas del Jota al cantar o hacer cualquier otra cosa. Y de golpe, triunfaron. Y el Jota ya podía meterse toda la mierda que quisiera, y Floren pensó que aquello era buena idea, y como entonces pegaba, parecían los Oasis patrios: letras sobre la mediocridad diaria, pose chulesca, desprecio a crítica y público, alguna bronca para aliñar la monotonía... Pero faltaban las melodías tarareables, porque sencillamente no las hacían. Como Sabina, su baza para disimular que Jota sólo afinaba una nota (de vez en cuando) eran las letras descarnadas, sinceras, brutales. Las que se acabaron con "Una semana en el motor de un autobús". En el siguiente disco toda la mala folla de los anteriores se volvía cliché, y daba la sensación de que ya se cagaban en todo porque era lo que tocaba. Y parecían Sidonie (diosss, ¡no empecemos con Sidonie!) con sus fardadas de todo lo que se metían, y lo machotes que eran, tirándose a todas las nenas indies del lugar. Vamos, que de perdedores sensibles se pasaron a los Manowar del gafapasteo. Pero desganaos.

Y uno todavía se encuentra gente que jura por los Planetas, y que te mira mal por decir que te mola el rollo indie pero te dan asco los Planetas. Que será que no entiendes las letras... Y yo digo, ¿tan complejas son?

En fin, que ahora ya no están tan fuertes como hace tres o cuatro años, pero entonces yo ni sabía lo que era un blog. así que me permitiré odiarlos ahora, y que los gafapastas old school me insulten a gusto.

12.04.2006

Miedo y asco en la ciudad de las naranjas VI

Cuando la tía de Luis murió, les tocó a sus padres y a él ir a su casa a arreglarla. Vaciar la nevera, lavar la ropa de cama y airear los armarios.

La tía de Luis murió a los 55 años, viuda y sin hijos. Los últimos cinco años de su vida los pasó sola. Su única compañía eran las puntuales y cronometradas visitas de Luis y sus padres, cada sábado a las dos. Nadie sabía exactamente a qué dedicaba el resto del tiempo, salvo que leía mucho. Novelas históricas, románticas... Cualquier cosa por encima de las trescientas páginas que cayera en sus manos.

Los padres de Luis estaban en la cocina, vaciando la nevera y escogiendo cacharros. Mientras, él fue a limpiar el armario empotrado del dormitorio. La parte de la derecha todavía tenía los trajes y camisas de su tío. Zapatos bien limpios, calcetines enrollados en apartaditos de madera, corbatas de seda, pañuelos con sus iniciales bordadas. Y una pila de revistas porno gay. Y un vibrador verde.

Confuso, Luis se apresuró a esconder todo aquello debajo de la cama. Cuando ya se iban, Luis les dijo a sus padres que el armario y todo el cuarto estaban ya ordenados. Y se metió en su cuarto.

Y se dió cuenta de que si su tía hubiera sabido que se iba a morir, se habría ahorrado la vergüenza de que Luis encontrara todo aquello. De que Luis se preguntara si aquello era de su tía o de su tío. Si a su tía le había pasado lo mismo cuando su tío murió.

A partir de ese día, Luis temió a la muerte. Al rastro que pudiera dejar después de muerto, y que su familia pudiera encontrar. Limpiaba todo después de usarlo. En vez de esconder las cosas, las tiraba. Quemó una serie de cartas que no le había enviado a Adela cuando estaban a punto de cortar. Antes de salir de casa, siempre vaciaba los ceniceros y fregaba los platos. Siempre llevaba ropa limpia, porque a lo mejor lo atropellaba un camión el día que había repetido calzoncillos, y a ver qué pensaban los de la UVI de su ropa interior manchada. Dejó de escribir un diario. Dejó de garabatear en los márgenes de su agenda, y borró un par de nombres de ella.

Por si acaso.

Los coches son tus amigos

Alberto tenía cinco años en su primer accidente de coche. Era incapaz de recordar nada de lo ocurrido. Lo único que recordaba era su abuela mirándole preocupada en el hospital, y que no podía hablar porque se había roto la mandíbula.

Estuvo un mes sin abrir apenas la boca, tomando purés y zumos con una pajita. En el cole, los otros niños se burlaban de él, y las profesoras le limpiaban los tornillos que le sujetaban la mandíbula con una mezcla de fascinación y lástima.

Quince años después, la verdad es que no recordaba muy bien todo el asunto. Hasta que tuvo su primera práctica del carnet, y con ella su segundo accidente. No fue nada grave, porque iba muy despacio y saltaron los airbags. El coche estaba asegurado y no tuvo que pagar nada. En la autoescuela le dijeron que no se preocupara, que estas cosas pasaban cada dos por tres. Que volviera al día siguiente para su segunda práctica.

Al día siguiente tuvo su tercer accidente, y en la autoescuela le invitaron a buscar otro sitio para destrozar coches.

El caso es que, de nuevo, Alberto era incapaz de recordar lo ocurrido. Se subía a los coches,
apretaba el embrague y se le nublaba la vista. Luego se despertaba en un amasijo de hierros, la cara cubierta de talco del airbag, los nudillos blancos entorno al volante. Pasó por unas cuantas autoescuelas, hasta que crió fama de destroza-coches y tuvo que resignarse a ir en bici a todos los sitios, porque en ningún sitio querían su expediente.

Fue a psicólogos y neurocirujanos para ver qué puñetas le pasaba que le impedía conducir un coche y saber lo que estaba haciendo al mismo tiempo, y lo mejor que pudieron ofrecerle fue poner su nombre a un nuevo síndrome: "El síndrome Antúnez-Ybarra" También le pidieron que cediera su cerebro a la ciencia cuando muriera. Le daba algo de aprensión, pero le pareció bien. Además, no le iba costar mucho trabajo hacer la donación: le bastaba coger un 600. Al médico el comentario no le hizo tanta gracia como a él, pero al fin y al cabo, era su síndrome y podía hacer con él lo que quisiera.

Alberto murió a los 87 años de una intoxicación de salmonella en un chiringuito en la playa, después de una vida de bicis, trenes y taxis. Como el síndrome Antúnez-Ybarra no se volvió a producir, su cerebro fue a parar a la Facultad de Medicina, donde granujientos estudiantes lo filetearon sin tener ni puñetera idea de para qué era todo aquello.

Y podría acabar diciendo que encontraron el retrovisor de un Simca 1000 en su hipotálamo, o algo así. Pero como no tengo ni puta idea de coches ni de neurocirugía, lo dejaremos como está.