12.04.2006

Los coches son tus amigos

Alberto tenía cinco años en su primer accidente de coche. Era incapaz de recordar nada de lo ocurrido. Lo único que recordaba era su abuela mirándole preocupada en el hospital, y que no podía hablar porque se había roto la mandíbula.

Estuvo un mes sin abrir apenas la boca, tomando purés y zumos con una pajita. En el cole, los otros niños se burlaban de él, y las profesoras le limpiaban los tornillos que le sujetaban la mandíbula con una mezcla de fascinación y lástima.

Quince años después, la verdad es que no recordaba muy bien todo el asunto. Hasta que tuvo su primera práctica del carnet, y con ella su segundo accidente. No fue nada grave, porque iba muy despacio y saltaron los airbags. El coche estaba asegurado y no tuvo que pagar nada. En la autoescuela le dijeron que no se preocupara, que estas cosas pasaban cada dos por tres. Que volviera al día siguiente para su segunda práctica.

Al día siguiente tuvo su tercer accidente, y en la autoescuela le invitaron a buscar otro sitio para destrozar coches.

El caso es que, de nuevo, Alberto era incapaz de recordar lo ocurrido. Se subía a los coches,
apretaba el embrague y se le nublaba la vista. Luego se despertaba en un amasijo de hierros, la cara cubierta de talco del airbag, los nudillos blancos entorno al volante. Pasó por unas cuantas autoescuelas, hasta que crió fama de destroza-coches y tuvo que resignarse a ir en bici a todos los sitios, porque en ningún sitio querían su expediente.

Fue a psicólogos y neurocirujanos para ver qué puñetas le pasaba que le impedía conducir un coche y saber lo que estaba haciendo al mismo tiempo, y lo mejor que pudieron ofrecerle fue poner su nombre a un nuevo síndrome: "El síndrome Antúnez-Ybarra" También le pidieron que cediera su cerebro a la ciencia cuando muriera. Le daba algo de aprensión, pero le pareció bien. Además, no le iba costar mucho trabajo hacer la donación: le bastaba coger un 600. Al médico el comentario no le hizo tanta gracia como a él, pero al fin y al cabo, era su síndrome y podía hacer con él lo que quisiera.

Alberto murió a los 87 años de una intoxicación de salmonella en un chiringuito en la playa, después de una vida de bicis, trenes y taxis. Como el síndrome Antúnez-Ybarra no se volvió a producir, su cerebro fue a parar a la Facultad de Medicina, donde granujientos estudiantes lo filetearon sin tener ni puñetera idea de para qué era todo aquello.

Y podría acabar diciendo que encontraron el retrovisor de un Simca 1000 en su hipotálamo, o algo así. Pero como no tengo ni puta idea de coches ni de neurocirugía, lo dejaremos como está.

1 comentario:

moonriver dijo...

Interesante síndrome. Digno de estudio en todo caso.