11.13.2007

Noir II

Gerardo Gomis no recuerda cuándo vendió su TZR. Supone que a principios de los 90. Tampoco recuerda cuándo se cortó su mujer la melena, la alisó, se hizo mechas y la dejó aparcada detrás de las orejas. Supone que fue a la vez que se le afilaba la nariz y desarrollaba el gusto por las medias marrones tupidas.

Gerardo Gomis no recuerda la vida sin las niñas. Cuatro. Él habría parado en la primera, pero la marcha atrás no siempre funciona. No recuerda cuándo compró el monovolumen. O la cara de su suegro dejándole dinero para comprar ese autobús enano. O dándole un trabajo en su empresa de cerámica. No recuerda la última vez que se puso zapatillas deportivas.

Gerardo Gomis está harto de olvidar los días.

Gerardo Gomis ha recogido a las niñas, las ha dejado en casa, y se ha comprado una BMW. Una grande y roja, con pegatinas. Ha buscado en su armario algo que no sean trajes ni camisas, pero no ha encontrado nada digno. Digno de este día para el recuerdo.

No ha dicho nada a nadie. No ha cogido ni la bolsa del pádel para llevar una muda de repuesto. Gerardo Gomis ha cogido la autopista a Madrid, y ha acelerado a fondo. Una curva y otra, y a la altura de Burgos ha olvidado por qué ha cogido este camino, o por qué ha dejado a su familia. Una curva y otra, y Gerardo Gomis ya no sabe si girar o apretar más fuerte el acelerador.

11.08.2007

Noir

Pared con pared, escuchaba. Ya no hacen las fincas como antes, para bien o para mal. Ya no hace falta un vaso, ni agacharse siquiera.

Y se enteró de lo que siempre supo a medias, de lo que le gustaría olvidar desde el mismo momento que pegó la oreja al tabique. Si su madre tenía razón, si lo que pica cura, se apartó de la pared curado por completo. Y se preguntó de qué hablaría con cualquiera de ellos cuando entraran. O lo que habían hablado antes. Antes de decidirse.

Sabía que no iba a subir al tren de las 6. Que no cogería la maleta marrón de cuero con su cepillo de dientes y el traje gris oscuro y la guía de Andorra. Pero no sabía qué decir para justificarse. Debería hacer algo, coger un cenicero de mármol, o saltar por la ventana. Salir corriendo por el jardín, a sus 55 años. Todo iba a ser tan incómodo, tan forzado...

Sacó los papeles del escritorio, los firmó, cerró el sobre y lo metió en la caja fuerte. Ahora lo tenía claro: sus bienes iban a ir al hogar infantil de la Señorita Antonia. Los que quedaban, porque además se había fundido la mayoría en 20 años de bingo y el descapotable que hizo que Lidia se fijara en él desde el principio.

Lidia, la pobre, era imbécil. No sólo no le había hecho ni un regalo caro de los buenos en los últimos dos años, sino que encima venía a liarse con el inútil del cocinero. Como si ese ganapán pudiera mantenerla. Como que la iba a aguantar cuando se enterara que una panda de críos desharrapados iban a llevarse lo que ella esperaba heredar.

Cuando Lidia y el cocinero de los cojones entraron temblorosos en la biblioteca, Gómez estaba meándose de risa.