11.08.2007

Noir

Pared con pared, escuchaba. Ya no hacen las fincas como antes, para bien o para mal. Ya no hace falta un vaso, ni agacharse siquiera.

Y se enteró de lo que siempre supo a medias, de lo que le gustaría olvidar desde el mismo momento que pegó la oreja al tabique. Si su madre tenía razón, si lo que pica cura, se apartó de la pared curado por completo. Y se preguntó de qué hablaría con cualquiera de ellos cuando entraran. O lo que habían hablado antes. Antes de decidirse.

Sabía que no iba a subir al tren de las 6. Que no cogería la maleta marrón de cuero con su cepillo de dientes y el traje gris oscuro y la guía de Andorra. Pero no sabía qué decir para justificarse. Debería hacer algo, coger un cenicero de mármol, o saltar por la ventana. Salir corriendo por el jardín, a sus 55 años. Todo iba a ser tan incómodo, tan forzado...

Sacó los papeles del escritorio, los firmó, cerró el sobre y lo metió en la caja fuerte. Ahora lo tenía claro: sus bienes iban a ir al hogar infantil de la Señorita Antonia. Los que quedaban, porque además se había fundido la mayoría en 20 años de bingo y el descapotable que hizo que Lidia se fijara en él desde el principio.

Lidia, la pobre, era imbécil. No sólo no le había hecho ni un regalo caro de los buenos en los últimos dos años, sino que encima venía a liarse con el inútil del cocinero. Como si ese ganapán pudiera mantenerla. Como que la iba a aguantar cuando se enterara que una panda de críos desharrapados iban a llevarse lo que ella esperaba heredar.

Cuando Lidia y el cocinero de los cojones entraron temblorosos en la biblioteca, Gómez estaba meándose de risa.

1 comentario:

nitro dijo...

definitivamente... la madrugada le sienta bien!!!

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